Cómo saber si estoy embarazada

En este auge del Internet y la tecnología resulta interesante observar muchas teorías que existen acerca de los cambios en la sociedad y en particular en la gente.

Hay quienes afirman que la humanidad está evolucionando rápidamente gracias a la tecnología. Otros dicen que estamos siendo afectados negativamente.

Desde luego, debido a la tecnología y a Internet han cambiado las herramientas y la cantidad de estímulos que recibimos a cada momento. Han cambiado los alimentos que consumimos, los utensilios que usamos, los enjuagues con que nos hacemos nuestra limpieza y la forma en la que nos comunicamos.

Pero me voy a atrever a afirmar, al ver las predicciones que Google me dio justo al iniciar una búsqueda y que puedes ver en la imagen que acompaña esta nota, que la gente no cambia y que el cerebro humano sigue siendo tan primitivo o tan avanzado como lo era, digamos, en los tiempos de Genghis Khan o en la época de los romanos. Y, si me apuras, tal vez no seamos tan diferentes a los asirios.

Lo que quiero decir es que la tecnología, el internet, los medios, la inmediatez y las telecomunicaciones no han cambiado al ser humano. Ni siquiera creo que lo hayan vuelto ni más inteligente, ni más tonto ni más disperso.

David Allen afirma que la sobrecarga de información es un mito. Si fuera un problema, dice Allen, te daría un infarto al entrar en cualquier biblioteca, el día que usaste Internet por primera vez hubieras explotado y sólo con el hojear un periódico te convertirías en un desagradable manojo de nervios.

Debo decir que no tengo ninguna evidencia científica que respalde lo que aquí afirmo. En una de esas me equivoco y el ser humano es en nuestros días un ser avanzado, un auténtico diamante de la creación, más cerca cada vez de un perpetuo satori. O en el sentido inverso, tal vez estamos involucionando lentamente a un estado reptílico permanente.

Pero no creo equivocarme. Casi te puedo asegurar que el ser humano es esencialmente igual de torpe, igual de listo, igual de amoroso, igual de creativo que hace cien, dos mil o cinco mil años.

¿Y los jóvenes de ahora?

Otro caso que es utilizado por muchos para ejemplificar estos supuestos cambios en el ser humano es la existencia de los emos, darketos y otras desconcertantes tribus de adolescentes, visibles sobre todo en las ciudades.

La realidad es que hubiera sido imposible que existieran esta tribus de emos y darketos adolescentes hace tan sólo unos 100 años por tres sencillas razones:

1. Habrían sido obligados a combatir en guerras de los imperios de aquél entonces
2. Hubieran estado emigrando para evitar ser reclutados para combatir en estas guerras.
3. Si no estaban emigrando o combatiendo, se habrían llenado de críos a los dieciséis años.

En otras palabras, no hubieran tenido tiempo de deprimirse, de pintarrajearse y menos de engordar. Hubieran sido personas en una constante lucha por sobrevivir en un mundo lleno de peligros. Por lo tanto, tampoco estos cambios en los jóvenes son indicadores para mí de cambios en la humanidad.

“No me digas que tampoco los medios sociales cambian a la humanidad”

El caso más grave en lo que a mí me atañe es esta creencia generalizada que las redes sociales están cambiando a las personas. En particular, los negocios pueden ser muy afectados por esta creencia.

Hay quienes piensan que la gente va a ser persuadida en forma diferente sólo porque ahora existe internet, medios sociales, email marketing y widgets animados, cuando la realidad es que los principios de influencia siguen siendo los mismos que señala Robert Cialdini en Influence Influence: Reciprocity, Liking, Social Proof, Authority y Consistency

Y en negocios y marketing, no hay de otra, ni la habrá: La gente le sigue comprando a quienes confía, conoce y le caen bien.

¿Quiere decir esto que las redes sociales y la tecnología no tienen ningún impacto en nosotros? Por supuesto, nuestras conductas y hábitos cambian.

Pero no caigamos en el error de pensar que esta abundancia de estímulos, nuevos medios y juguetes de alta tecnología pueden cambiarnos en forma abrupta. Seamos más delicados, respetuosos y pacientes con nosotros mismos. Nuestro complejo proceso de evolución, que ha tomado millones de años, merece respeto.

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