Estar conectado es una forma de vida

Hace un par de meses que por fin llegó a mis manos un flamante terminal de esos que ahora se llaman “smartphones”. Para el caso es lo mismo si es un iPhone, uno con Android, una Blackberry, uno de los recién llegados Windows Phone, o si me apuras incluso un Symbian de esos que no consiguen levantar cabeza.

Junto con una cantidad de aplicaciones disponibles para descarga que van desde lo respetable a lo inconmensurable, la gran ventaja que tienen estos terminales es la capacidad de estar conectados a Internet casi en cualquier sitio, con buena velocidad, de tener en nuestro bolsillo un acceso a todo el conocimiento humano y a una infinidad de fotos de gatitos. Al menos así será hasta que nuestras operadoras terminen de hacer creer a nuestros políticos que las tarifas semi-planas actuales no pueden mantenerse porque no son rentables, a pesar de las increíbles cifras de beneficios que presentan esas mismas operadoras tres días después.

Cuando alguien, creo recordar que fue mi compañero Alexliam, preguntó cómo cambiaba la vida cotidiana al pasarte a uno de estos terminales, conectados permanentemente a Internet y como he dicho, tarifa pseudo-plana, mi respuesta fue sencilla. Por una parte, hay muchos más momentos de “espera un segundo, que ahora mismo lo busco y te digo”. Se acabó esa sensación de “ay, ¿cómo se llamaba ese actor que salía con la Roberts en aquella película en la que intentaba fastidiarle la boda a uno que le gustaba, y que después hacía de hermano malo en Stardust?”.

Pero por otra parte también hay más momentos de “estate quietecito ya con el móvil, ¿no?”.

A todos los geeks nos pasa cuando cae en nuestras manos un cachivache electrónico nuevo. Los primeros días le fundimos reiteradamente la batería, probando todas sus posibilidades, configurándolo, metiéndole aplicaciones, cambiando fondos de pantalla, pasando los datos que teníamos en el cachivache al que sustituye, presumiendo ante amigos que no están interesados, o mirando a cada rato si sigue funcionando.

Un smartphone no es ninguna excepción. Y si lo es, es por llevarlo a extremos. Todas las excusas que teníamos para juguetear con un móvil nuevo más todas las que podamos aplicar por tener un portátil nuevo. Los primeros días no sólo probé decenas de fondos de pantalla, varios tonos de llamada, y revisado y modificado al gusto cada parámetro configurable. También probé decenas de aplicaciones del Market, comprobé la potencia del terminal ejecutando diferentes banchmarks, me conecté por escritorio remoto al servidor de cálculo de la empresa y ejecuté modelos de simulación acústica sentado en un banco del parque.

Es más, las posibilidades que tengo a mi alcance gracias a este terminal están limitadas sobre todo por mi operadora, que no respeta en absoluto la neutralidad de la red y se empeña en cobrar más si uso determinados servicios. No es culpa de esta empresa, en el fondo, sino de una administración pública que le sigue el juego y no le prohíbe cobrarte más al mes si además de navegar desde el terminal decides usar un programa de VoIP.

Hace unos días leyendo un artículo en el móvil y, lo reconozco, me habló y no la escuché. Muy mal por mi parte. Me dijo “a ver cuándo se te pasa la novedad”.

Pasados dos meses de la llegada del móvil, ya hay un tono de llamada fijo. Ya hay un fondo de pantalla más o menos permanente. Hay una base de aplicaciones inamovibles. Los accesos directos y widgets del escritorio rara vez cambian de sitio. Vamos, que ya ha pasado la novedad.

Pero llevar la conexión a Internet en el bolsillo no es una simple “novedad”. Tener el correo, las cuentas de Twitter o incluso el chat de GTalk siempre a la mano es una forma de entender la vida diaria. El “plink” indicando que tienes un mensaje nuevo es muy tentador (y eso que lo he limitado a los correos urgentes, los twitts directos o los chats). El impulso de ver algo curioso y comentarlo no sólo con mi pareja (que siempre será la primera con la que comparto algo, pues por algo está a mi lado), sino transmitirlo a la gente con la que charlo por Twitter cada día, no es fruto de la novedad.

No es fácil de explicar, ni es fácil de entender para el que no lo vive así. Espero que me acepte esto también, aunque creo que ya me ha aceptado más rarezas de las que sinceramente debería. Angry Birds está ayudando bastante a que haga las paces con el móvil, probadlo si os pasa lo mismo que a mi.

Por: Andres Peña (Alkar)Categoría: InternetTags: conectados, móvilesAndres Peña (Alkar): Nacido en Jerez, dejó las campiñas y viñedos por el terral y el mar de Málaga. Allí estudió Ingeniería Técnica en Informática, aunque poco tardó en cambiar de especialidad y dedicarse a combatir el ruido. Ahora dirige un laboratorio de ensayos y mediciones de aislamiento acústico y ruido. Conectado a Internet desde que buenamente pudo, allá por el 97-98, es un apasionado de las infinitas posibilidades que este medio brinda. Desde aquella precaria web personal escrita a mano hasta los blogs comerciales, la adicción por la información ha ido creciendo constantemente, y no le ha faltado alimento. En la actualidad mantiene a duras penas un blog personal junto con su pareja, Eyring, y colabora en Weblogs SL en los blogs ZonaFandom y Genbeta. Puedes contactar con él en su blog y en Twitter.

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